Como escritor, hubo un tiempo en el que tuve mis dudas con qué nombre quería ser conocido. Me imaginaba mil situaciones con el fin de ver los pros y contras de tales decisiones. Me pregunto si aquello fue un DAFO en toda regla sin saber siquiera su existencia. El caso es que mi apellido nunca me dio buenas vibraciones, aunque ciertas personas trataron de convencerme de lo contrario. Ahora lo pienso y me hace gracia, pero nada más. Sé que hicieron un tremendo esfuerzo para evitar que me desmotivara. Ante la duda, (omito la coletilla poética socarrona) me inventé un nombre: Dave Holmes. Duró muy poco, la verdad sea dicha, porque cada semana pensaba en otro nombre. Total, no quedaba registrado y como todo eran simples ilusiones, podía ser quien yo quisiera. Los años transcurrieron  imparables hasta que llegó la época del instituto, que fue cuando me dio por vender a cien pesetas ejemplares de mi primera novela al más puro estilo Diez negritos, pero el título era El asesinato de Clara Güelfa. El inspector Camacho tenía que descubrir al asesino que asfixió a la mujer introduciéndole un Bollycao en la garganta: cabe decir que ella era alérgica a la bollería industrial y prefería un bizcocho casero relleno de chocolate a uno de plástico. ¡El caso es que firmaba como David C. Orell y eso me hacía sentir poderoso!

Los años de amores no correspondidos y las cintas de Laura Pausini en el bolsillo, fueron germinando un nombre muy diferente que me brindaba la oportunidad de publicar mis poemas lacrimógenos del desamor con otra identidad. Así nació Cassius, por unas raíces griegas familiares que corren por mis venas. Creo que fue a mediados de 2000 cuando la C se convirtió en una K y creé un blog llamado El sótano de Kassius para publicar todos esos textos que iba redactando. Sin embargo, no fue hasta 2011 cuando decidí dejarme de tanta chorrada y dar un paso hacia adelante como escritor. Así fue como David Orell marcó un antes y un después en mi carrera, con mi segundo apellido quería homenajear a mi madre. Toma pelotazo que nunca antes he contado a nadie, ahora ya lo sabes. David Orell, con omisión del primer apellido, no es un seudónimo. Lo prefiero así y así será hasta el final de mis días.

Para el artículo de esta semana, quise reunir a un puñado de escritores para conocer su opinión acerca de los seudónimos. Quería conocer sus motivaciones, sus decisiones, etc. El hecho de poder leer sus opiniones (ya te advierto que son muy diversas) arrojarán luz y te ayudarán, en cierto modo, a tomar tu propia decisión. Sea con seudónimo o con tu nombre real, espero que disfrutes con lo que viene a continuación:

 

Publicar bajo seudónimo: 22 escritores nos ofrecen su opinión

 

Eva Tejedor

¿Seudónimo o nombre real? He aquí la cuestión. ¿Qué elegir? ¿Y por qué?

Fueron las mismas preguntas que me hice cuando decidí empezar a llamarme escritora. Esto, que puede parecer una ridiculez, no lo es… Siempre piensas… si me doy la castaña se va a enterar hasta Sami… y no quieres, claro. ¿Quién va a querer que su prima, la de Valencia, se entere por Facebook que no vendes ni regalando?

Pero, por otra parte, tú, como buena/o madre/padre de tus libros, quieres presumir de ellos. Personalmente, yo tome la decisión de usar mi nombre verdadero por dos razones. Primera, porque ya había vivido bajo un seudónimo cuando escribía mis fics y no me volvía a apetecer pensar en otro nombre. ¡Eso es un peñazo!

Necesitas un nombre. Y un apellido. ¿Vale? Y tiene que ser realista (más o menos). Y tienes que inventarte una historia para ese nombre. Si se trata de usar el seudónimo por anonimato, no vale que luego ese nombre tenga los mismos orígenes que tú.

Históricamente, hubo montones de escritoras que se escondieron tras seudónimos masculinos para poder escribir. Otros los usaron para poder escribir otro género, como pasó con Anne Rice o J.K. Rowling. También hay caso de hombres que usaron nombres femeninos para poder escribir género romántico. Si… existen. Y más.

La segunda razón es más personal y no me voy a explayar con ella. Elegir tu nombre real siempre es más fácil. Si tienes uno bonito, mejor. Si encima es sonoro, mejor que mejor. ¿Para qué vas a complicarte? Pero para quien quiera complicársela… aquí hay un link de Literautas que te enseña cómo elegir el seudónimo perfecto.

Adella Brac

Desde el principio tuve claro que no quería usar el nombre que aparece en mi DNI. Diría que porque no suena bien, y no sería mentira, pero tampoco sería toda la verdad.

El principal motivo es que hay un pedazo de mi corazón en cada historia que escribo. Si sabes verlo, en mis novelas están encerrados mis demonios personales. Ahí están mis mayores temores, pero también muchas ilusiones. Eso me hace sentir terriblemente expuesta. Utilizar un nombre diferente me sirve para protegerme de miradas indiscretas.

Estoy recordando la primera vez que mi madre tuvo uno de mis libros en papel entre sus manos.

—¿Cómo se sabe que lo has escrito tú si no sale tu nombre? —dijo.

—Tú lo sabes y ya está. Además, ese también es mi nombre —le contesté.

Adella Brac es el nombre que yo escogí, y llevo usándolo tantos años, que lo siento tan mío como mi propio nombre.

 

Lluvia Beltrán

“Desde que escribo siempre me ha gustado firmar mis textos con un alias que no fuese mi nombre real. Primero, porque creo que puede aportar singularidad al trabajo, y segundo, porque es una buena manera de preservar el anonimato si no se quiere estar tan expuesto. A lo largo de los años he barajado varios seudónimos pero nunca había encontrado aquel con el que me sintiera realmente identificada. Lo hice en 2012, y no dudé en usarlo para publicar mi primera novela: “Fotografiar la lluvia”.

Creo que firmar bajo seudónimo es algo personal que todo el mundo debería respetar. Digo esto porque a veces la familia y/o amigos no lo ven muy claro o no lo entienden. Hay incluso quienes creen que es como renegar de tu nombre real. Pero un autor tiene que firmar con el nombre con el que se siente a gusto o identificado. Puede ser una especie de escudo, un mantra, una forma de dejar tu huella personal o una manera de llamar la atención”.

 

 Ana Cepeda

El día en que decidí abrir un blog puse una foto de perfil con un sombrero que me tapaba los ojos, vamos, que además de no querer que se supiera quién era esa que iba a contar anécdotas en tono ácido y socarrón tampoco me apetecía utilizar mi nombre y apellido. ¿Miedo a la Red? Quizás. El caso es que aquel blog se me quedó corto, y yo, que soy muy cuadriculada, además de relatar mis andanzas tuve que abrir otro para diferenciar esas historietas cotidianas de mis relatos más oscuros y depravados. Eso de que cualquier compañero de trabajo supiera qué pasaba por mi negra psique o por qué hacía críticas cáusticas a mi entorno, quedaba camuflado entre pseudónimos y sombreros. Era perfecto.

Pero llegó el gran día y publiqué mi primer libro. Y lo hice no solo con mi nombre de pila sino que el apellido pesaba y pesaba mucho. Escribir la biografía de mi padre bajo pseudónimo hubiese sido como escribir un libro de ficción, y es que cuando hay hechos en la Historia que quedan registrados, documentados y sellados, una no puede más que asumir que hay que dar la cara y enorgullecerse del linaje y de ahí… de frente y para adelante.

Alejandro de Valentin

Los seudónimos son una opción, nunca una obligación. Pueden reforzar tu imagen de marca como escritor, pero no te harán mejor literato.

Yo uso un seudónimo emocional, porque en su elección jamás pensé en términos de marketing. Me enamoré, así de simple ¿Cómo quieres que te llamen? ¿Qué nombre quieres ver en las portadas de tus libros? Esas fueron las preguntas que me hice. Y créeme que ver en mi seudónimo el nombre de mi querido abuelo junto al mío me da más fuerzas que cualquier estrategia comercial.

Estamos sumergidos en la era de Internet. Los seudónimos ya no son exclusivamente un recurso para huir de la discriminación y el rechazo, como les ha ocurrido a las autoras durante siglos, o a los autores no anglosajones en la ciencia ficción del S.XX ¿Quién no ha usado un nick hoy en día? ¡Pero ojo! A diferencia de un nick, el seudónimo de escritor es para toda la vida, y si tuviera un consejo para dar sobre el resto, te diría:  Te pueden gustar muchos seudónimos, pero enamorarse es lo que importa. Si no sientes el flechazo, sigue buscando.

David Monedero

 

Me planteé adoptar un seudónimo a la vez que pensé en dedicar parte de mi tiempo de escritura a la creación de no ficción. Es difícil para alguien que te conoce como escritor de ficción asociarte a libros de, no sé, cocina, relaciones personales o cría de gatos, por mucho que sepas de alguno de esos campos (que no es mi caso).

Porque, admitámoslo, sin saber nada de ninguno de los dos, ¿qué autor nos inspira más confianza, un tal “Fermín Gómez” o “David Simmons”? No sé si tiene que ver con que nadie es profeta en su tierra o con esa manía de que todo lo que suene a yanqui vende más, pero es así.

Finalmente decidí no dar el salto (de momento) a la no ficción, pero no descarto hacerlo y, si eso ocurre, dad por hecho que no me veréis como David Monedero dando consejos de gatos 😉

Esther Magar

Tener seudónimo no fue premeditado. El «Magar» surgió de la combinación de las sílabas iniciales de mis apellidos que hizo el correo de mi universidad, y me gustó. Empecé a utilizarlo al inscribirme en sitios webs, para no poner mis verdaderos apellidos. La verdad es que no recuerdo la primera vez que lo usé como seudónimo literario, pero lo que sí sé es que me pareció la mejor forma de unir mis dos apellidos, por aquello de que ninguno de mis padres se sienta excluido si algún día mi nombre pasa a la posteridad. Pero, cosas de la vida, casi siempre que he ganado o quedado finalista en un certamen literario, han publicado mi nombre verdadero. A ver si es que no me da suerte este seudónimo…

Sea como sea, no voy a renunciar a él porque ya me siento totalmente identificada. En los círculos literarios en los que me muevo, ya se me conoce como Esther Magar. Y lo estoy fomentando como marca personal. Pero reconozco que, en gran parte, es para mantener el anonimato (si es que eso es posible en el mundo que vivimos); un parapeto desde donde doy rienda suelta a mi pasión literaria.

Mayte Esteban

Llevo toda la vida viviendo bajo un seudónimo, así que no sé si a la hora de escribir, mi nombre cuenta como tal. O sea, escribo bajo un seudónimo, pero si pusiera mi nombre seguro que la gente que me conoce de verdad ni sabría que soy yo.

Es desconcertante.

Alguna vez me lo he planteado, escribir bajo un seudónimo de verdad y, aunque suene raro, masculino. Yo no soy en exclusiva autora de romántica, de hecho solo tengo dos novelas que se pueden catalogar cien por cien en este género de las siete que tengo publicadas. Sin embargo, el hecho de haber quedado finalista en un premio de romántica me ha dotado de ese “sello” que perjudica al resto de las cosas que he escrito. Nunca voy a ser con mi nombre autora de juvenil, por mucho que tenga tres novelas de este género, ni de intimista, por mucho que quizá ahí es donde mejor me expreso. Ni de nada de nada que no sea romántica llamándome Mayte Esteban.

Por eso he pensado que si alguna vez publico en otro género, sería interesante dejar de ser yo. Perdería lectores, pero tal vez ganaría en que se eliminasen esos prejuicios que hacen que mucha gente no me lea tan solo porque la romántica es un género menor y bastante denostado.

 AP Berra

Cuando empecé a escribir siempre lo hacía con seudónimo por miedo a la opinión de los demás. Me puse Lestat por el vampiro de Anne Rice. Una vez fui cogiendo confianza me lancé con mi nombre, al iniciar a publicar relatos cortos en una revista de mi ciudad. Pero andaba buscando un nombre con más gancho. PEnsé que mi nombre Aritz sonaba raro fuera de euskadi, y Pérez era un apellido muy común. Por lo que jugando con las iniciales, y tomando como ejemplo a los grandes (H.G.Wells y sobre todo H.P.Lovecraft) usé mi segundo apellido y decidí que sonaba bien A.P.Berra. Y con este nombre pretendo construir mi carrera literaria.

MMj Miguel

He usado seudónimos desde hace mucho tiempo, y no solo en mi oficio de escritor. Además de dedicarme a las letras, soy músico de una agrupación de metal pesado. Quizá no fue adrede en primera instancia, pero en los eventos comenzaron a llamarme por aquel mote, una traducción quenya de mi nombre real. Incluso, hasta hoy día dentro de ese mundillo, creen que me llamo así.

Me permite distinguir entre mis cercanos, mi oficio y mi intimidad. ¿Soy alguien diferente en tarima? Para nada, pero se convirtió en una firma que me distingue de otros y le dio identidad a mi marca como músico. Y es genial, ¿para qué negarlo?

En el caso de la escritura quise hacerlo un poco más formal y menos alocado. De todas maneras, no lo pensé mucho y usé las siglas al mejor estilo de los autores que me gustan. Supongo que se ve profesional y lo alejo de mis otras facetas. Lo comparo con ponerse el traje y la corbata.

Soy yo haciendo arte. Por un lado con una guitarra eléctrica, y por otro, con lápiz y papel. En ambos quiero reventar al mundo.

Gabriel Romero de Ávila

El seudónimo: el gran amigo del artista (después del manager)

El seudónimo ha sido utilizado por artistas desde el comienzo de los tiempos. El filósofo Aristocles se hizo famoso por su mote de la infancia: Platón —«El que tiene las espaldas anchas como un plato»—. Pero hay muchos más, y generalmente existen varios motivos:

Notoriedad: Teresa Lourdes Borrego Campos heredó el apellido artístico de su madre, que ya era conocida.

Evitar la notoriedad: El actor Nicholas Coppola no quiso la fama de su tío —Francis Ford Coppola— y adoptó el apellido de un superhéroe —Luke Cage—.

Política: El escritor polaco Józef Teodor Konrad Nałęcz-Korzeniowski asumió la nacionalidad británica y con ella el nombre de Joseph Conrad.

Crear un personaje: La polifacética Lady Gaga habría sido mucho menos impresionante como Stefani Joanne Angelina Germanotta.

Prejuicios: En los 90 nadie creía que una mujer pudiera escribir fantasía, así que Joanne Rowling tuvo que firmar como J. K.

Experimentar: La razón más compleja. Cuando un artista decide probar un estilo nuevo, suele hacerlo bajo otro nombre, como J. K. Rowling —Robert Galbraith— o Jean Giraud —Moebius—.

Razones variadas. Y yo aquí sin seudónimo: juro que Romero de Ávila es el verdadero apellido de mi familia.

Utopía – Ana Calatayud L.

Soy Utopía – Ana Calatayud L., y vengo a aportar mi granito de arena a tu artículo sobre los pseudónimos.

En mi caso, yo me puse Utopía a secas cuando creé mi blog, Can’t fight the moonlight (http://utopiainthemoonlight.blogspot.com.es/), allá por el 2010 cuando tenía 14 añitos porque me daba vergüenza que la gente leyera lo que yo escribía o que supieran que era yo la que había escrito x. Además, no vamos a negarlo, Utopía es una palabra con la que me identifico mucho y ha formado parte de mi vida en diversos aspectos. Pero fue a raíz de empezar a escribir más “seriamente” y de ver que a la gente le gustaba lo que escribía que perdí ese miedo y esa vergüenza a que la gente supiera que era yo la autora de esos textos y quise que se me reconociera “mi mérito”, por así decirlo. Pero para entonces ya le había cogido demasiado cariño a Utopía como para desprenderme de ese nombre, además de que la gente de mi entorno (tanto físico como virtual) ya relacionaba esa palabra conmigo. Así que un día, sin proponérmelo, firmé algo como Utopía – Ana Calatayud L., me gustó cómo quedaba y así hasta ahora.

Este es mi caso particular, lo cierto es que no sé muy bien qué motivos llevarán a otros autores y autoras a firmar sus creaciones bajo un pseudónimo, pero yo creo que se firme con el nombre que se firme, si le representa a uno y logra alcanzar su meta literaria con él, bienvenido sea.

Paula de Vera

 

Yo una vez hablé con una compañera que opinaba que, como la gente ya la conocía por un género concreto (fantasía juvenil), en el momento en que quisiera escribir y publicar algo de un género más crudo y para adultos, se le ocurría la opción de usar un pseudónimo.

A mí reconozco que esa es una opción que me gusta, o cuando quieras publicar reflexiones más crudas que para tu público habitual sean más sensibles.

Es la única vez en mi vida que me planteé el uso de un pseudónimo a nivel personal.

Ahora bien, no estoy nada de acuerdo con aquellas (sobre todo femeninas y escritoras de erótica) que se ponen pseudónimos extranjeros como si eso diera más prestigio o más caché a nivel internacional. Creo que pierdes autenticidad si lo único que buscas es que eso te dé publicidad.

Rubén Berrueco

Cuando comencé a escribir novelas, me di cuenta de que con las primeras letras de mi nombre y apellidos (Rubén Berrueco Moreno) podía hacer un acrónimo que, en cierto modo, era yo mismo: RuBeM. Me hizo gracia y comencé a utilizarlo. Pensé que estaría bien separar mi faceta artística de la profesional como pediatra. No sé por qué, pero me daba miedo perder credibilidad; no sé de donde saqué esa idea.

Afortunadamente, mi primera editora me dijo: «Tu nombre es tu marca personal», algo que tiempo después le escuché a Ana González Duque. No se equivocaron. De hecho, uno de los principales motores del éxito de la primera novela fue que hubo una avalancha de compras en el hospital. Digamos que, el hecho de tener un «nombre» en el trabajo me ayudó enormemente con la difusión de la novela. Actualmente continuo utilizando el pseudónimo, pero únicamente para mi vida personal en las redes sociales. En mi caso, cambiaron las tornas.

Chiki Fabregat

El mío no es un pseudónimo literario ni lo he elegido de forma consciente. Me han llamado Chiki desde que nací (soy la pequeña de cinco hermanos) y me reconozco más en ese nombre que en el “Esperanza Teresa” que figura en mi DNI. Pero no es cómodo.

Lo bueno: tiene personalidad (y me siento cómoda con él). En mi entorno cualquiera me reconoce sin necesidad siquiera del apellido. Lo malo: me paso la vida dando explicaciones.

Yo he esperado una hora a que encontrasen mi reserva en un hotel, porque quien la hizo no sabía lo que pone en mi pasaporte (viaje de trabajo); tamibén he participado en una mesa redonda como Esperanza (que es lo que ponía en la solicitud “oficial”) y no me han etiquetado en los vídeos ni en las redes sociales porque no me han encontrado y de vez en cuando recibo mensajes para Esperanza en los que me piden que le dé un recado a Chiki (lo juro). He tenido que explicar muchas veces quién soy, porque en un contrato, en una solicitud, en un certificado no figura el pseudónimo. ¿Lo recomiendo? No. ¿Dejaría de usarlo? Por nada del mundo.

Mónica Serendípia

“Seu” o no “seu” Mi nick en las redes sociales siempre ha sido MónicaSerendipia porque mi comunidad me conoció por el blog literario antes que por mis novelas. Fue precisamente el blog el primer escaparate que tuvieron mis libros, firmados con nombre y apellidos reales, la plataforma desde donde empecé a darme a conocer a los lectores. En la actualidad, pese a haberme mudado a una página personal, he mantenido el nombre del blog. Creo que la diferencia entre la Mónica Gutiérrez escritora y la MónicaSerendipia lectora sigue vigente (sobre todo cuando comento en blogs), y me parece correcto diferenciar en las librerías y en las redes entre nombre y seudónimo. Lo que no tendría, por nada del mundo, es dos perfiles diferentes en redes ¡con lo que me cuesta gestionar uno solo! Recomendaría seudónimo en el caso de los escritores que ya tienen varias novelas publicadas de un género literario muy concreto y les apeteciese probar suerte en otro género distinto; o, también, en el caso de blogueros que deseen desvincular ambas facetas. Pero si no se ha empleado desde el principio de la carrera literaria el doble juego del nombre real y del ficticio, adoptar seudónimo cuando ya se tiene una comunidad de lectores fidelizada significa empezar de cero en este sentido, un esfuerzo que quizás no merezca la pena.

Simplemente MJ

¿Pseudónimo o no pseudónimo? Esa es la cuestión.

Se podría decir que mi situación, en cuanto al uso de pseudónimo, es bastante peculiar. Mi nombre, María José, se presta a numerosas, variadas y curiosas trasformaciones. MariJose, Mariajo, MaryJoe, MJ… hasta algunos me llaman María. Como si María José se pudiese separar sin más…

Cuándo la gente me pregunta cómo quiero que me llamen siempre les digo lo mismo. Les presento las opciones y que elijan. Me parece curioso como cada persona toma esa decisión.

A pesar de todo, en mi círculo más cercano se ha extendido la corriente de llamarme MJ. Creo que es por la economía del lenguaje. A mí me parece bien. Y desde que uso Internet me he registrado también con ese nombre. Así que en las redes se me conoce como MJ.

Ahora me encuentro en la disyuntiva de que nombre poner en la portada de mi primer libro. María José Moreno o MJ. ¿Tal vez los dos? Es una decisión que todavía no he tomado. De María José Moreno el mundo está lleno, pero MJ no hay tantas.

Al final, lo importante, es hacer lo que te haga sentir mejor. Cuando llegue ese momento, veremos qué pasa. ¿Me ayudarás a decidirme?

Gabriella Campbell

Reconozco que tengo una opinión algo polémica con esto de los seudónimos y es que no termino de verlos recomendables.

Por supuesto que hay casos en los que un seudónimo puede ser necesario (¿y si alguien famoso se llama igual que tú? ¿Y si tu nombre es muy muy aburrido o muy muy feo?) y en algunos géneros (se me ocurre, por ejemplo, el caso de la romántica) un seudónimo puede ser atractivo para tu público. También sé de personas que, por su actividad laboral, prefieren mantener cierto anonimato en lo que se refiere a su trabajo literario. Y utilizar un nombre diferente para crear dos perfiles distintos puede ser también necesario (mi ejemplo favorito es Iain Banks, que variaba ligeramente su nombre para diferenciar su perfil de escritor de thriller realista de su perfil de autor de ciencia ficción).

Pero creo que, si podemos, es mejor mantener nuestro nombre real o, por lo menos, una versión recortada (yo lo hago: veo innecesario usar mi nombre completo, que es fastidiosamente largo y un poquito de telenovela) o modificada de este.

Creo que elegir un seudónimo tiene cierto peligro, sobre todo para autores que empiezan y todavía se están definiendo. A lo mejor eliges algo que es importante para ti ahora, pero ¿quién te garantiza que seguirás identificándote con ese nombre dentro de diez años? Tu nombre real es inamovible, resiste a tus propios anhelos y gustos. Además, en un tiempo donde la honestidad y la transparencia son llamativas por su escasez, creo que el autor actual, que elige moverse en redes sociales y plataformas variadas, que ahora tiene que realizar su propia promoción y crear su propia marca, gana si ofrece una imagen lo más honesta posible.

Como lectora, prefiero los nombres reales. Prefiero los autores con los que me puedo identificar y comunicar de manera sincera y abierta. Cada caso es distinto y merece su propio análisis, pero esa es mi impresión general del asunto.

Cristina Grela

Me pide David que dé mi opinión sobre el uso de seudónimos. Aunque ya he hablado en más de una ocasión sobre esto, con mi experiencia a lo largo de los años me ha quedado claro que para usar seudónimo tienes que tener una razón muy fuerte, una posición sólida y una estrategia coherente en el tiempo; o si no, mejor usa tu nombre real.

Yo, por ejemplo, empecé con seudónimo, y aunque lo sigo manteniendo, publico con mi nombre real. Al conectar seudónimo con nombre real el primero pierde su finalidad, pero lo cierto es que lo mantengo para no perder ni mi identidad ni mis seguidores. ¿Hubiera sido entonces mejor poner mi nombre real desde el principio? En mi caso no, porque por el trabajo que tenía en ese momento no podía mostrar mi nombre por las redes (o más bien no estaba dispuesta a dar a determinadas personas más información sobre mí que la estrictamente necesaria).

Esa fue mi decisión y ya no la puedo cambiar, las circunstancias me obligaron, así que estoy convencida de que hice lo correcto. Pero si la tuya es una decisión más personal que obligatoria asegúrate de que vas a mantener esa decisión en el tiempo, porque no hay nada peor que marear a tus lectores porque sí.

Marimar González Gómez

Nunca he sentido la necesidad de establecer un nombre diferente al real para mi “yo literario”. En gran parte porque he acarreado el uso de diferentes alias gran parte de mi vida y en el fondo, me escocia un poco que se me conociera más por ellos que por mi propio nombre. Sin embargo, me lo he planteado en más de una ocasión, con el objetivo de separar facetas profesionales muy dispares. A día de hoy, he tomado la determinación de seguir sin usar pseudónimos, ya que en mi caso no aportan nada extra y tengo claro, que de usarlo, un pseudónimo deber tener un significado especial para el autor y para sus lectores.

Lidia Castro Navás

Cuando escucho hablar de pseudónimos, mi formación me hace recordar el caso de las inventoras y científicas de hace unos siglos atrás, que se veían obligadas a patentar sus inventos o descubrimientos a nombre de sus maridos porque ellas mismas no tenían derecho a hacerlo (la primera patente femenina en España data de 1878). Es por eso, que muchos de los inventos previos al siglo XIX se les reconocieron a hombres y no, a sus legítimas inventoras.

En el campo de la literatura, las mujeres no corrimos mejor suerte; todos sabemos que muchas féminas tuvieron que usar pseudónimos (normalmente masculinos), para poder hacerse un lugar en ese difícil mundo lleno de prejuicios y estereotipos.

Hoy en día, tengo el placer de conocer a varias escritoras y blogueras que usan pseudónimo (femenino, no masculino) y no me parece mal, al contrario; tienen la libertad para elegirlo y quiero pensar que no lo hacen por verse obligadas por ninguna situación discriminatoria, sino por gusto.

A nivel personal, cuando empecé a escribir y tuve que decidir si usaba un pseudónimo o mi nombre real, opté por la segunda opción. No era solo una cuestión de autoestima y de reafirmación, sino también de reivindicación: “soy mujer, escribo y existo”.

 

Eva Gavilán

Todavía me siento un poco novata en el mundo del Blog ya que no he logrado dominar algunas cosas.

En cuanto a mi experiencia como escritora te puedo contar que al principio de los tiempos me aterrorizaba que alguien leyera lo que escribía. Me escondí bajo varios seudónimos. Cada cual peor que el otro, se suponía que nadie los iba a relacionar conmigo. Esa etapa fue para dejarme llevar a través de la palabra expresar todo lo que pasaba por dentro y por fuera de mi piel.

Esa práctica o modalidad te permite cierta libertad pero a la vez no deja salir tu verdadero YO.

Así lo siento ahora que escribo con mi nombre, confieso que me costó mucho pero ahora que necesito que se conozca para poder vender mi novela y mis próximas publicaciones, me arrepiento de no haberlo hecho antes.

¡Nunca es tarde!

 


Ellos han hablado, ahora te toca a ti pensar en ello. ¿Usas un seudónimo o, por el contrario, has optado por tu nombre personal?

Aún así, me gustaría animarte a leer este artículo de Ana González Duque en el que te explica qué es la marca personal como escritor porque merece (muy mucho) la pena tener en cuenta sus palabras, y de paso, puedes leerte este de Gabriella Campbell ¿Debe el autor ser una marca?  6 preguntas que no nos estamos haciendo.

Muchas gracias a todos, amigos, compañeros. Ahora lo prometido es deuda: ¡Lacasitos para todos!

Ya lo sé, pero los de verdad, los que crujen y derriten en la boca, llegarán en persona, o eso espero 😛

 

Besos y abrazos a repartir

 


 

12 thoughts on “Publicar bajo seudónimo Vol. II

    1. Tengo que buscar el único ejemplar en papel que me queda, pero no dudes que si lo encuentro, tal vez lo saque a la luz y lo venda como “rarezas escritas” 😛
      Besotes, Álter 🙂

  1. Nunca he comido Lacasitos, pero por la foto ya quiero una bolsa entera. ¡Agradecido contigo, David! Un honor para mí el aparecer en tu blog, y todavía más junto a muchos escritores independientes que admiro y sigo. Las opiniones de todos dan para hablar largo y tendido al menos por una semana. Te mando un abrazo y las mejores vibras desde este lado del charco.

    M. M. J. Miguel

    1. Hola, M. M. J, cuando pruebes los Lacasitos vas a querer comprar un camión entero XD
      Muchas gracias por venir y aportar tu experiencia.
      ¡Un abrazote!

  2. Súper súper interesante. Yo, si lo uso en un futuro, será por pudor, por qué los cercanos no lean mis escritos con curiosidad mala. Pero ya veremos. Además de que tengo un nombre demasiado común. ¿Dónde se reparten los lacasitos?

    1. ¡Gracias, Pilar! Me alegra verte por aquí. Espero que pronto podamos conocer tu faceta escritora.
      Los lacasitos están en camino 😛
      Beso

  3. Hola David,

    ¡Muy buena recopilación de opiniones! Nunca me he planteado si utilizar seudónimo o no. De momento me centraré en escribir, pero creo que cuando llegue el momento utilizaré el nombre que aparece en mi DNI. 🙂

    ¡Un abrazo!

    1. La decisión es complicada, aunque es fácil si no te importa perder el anonimato. Yo omito un apellido para favorecer el materno, que es muy mallorquín XD

      Abrazo extra 😛

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