El mendigo de los ojos azules

Le vi aparecer a lo lejos. Pareció surgir de la nada, en una mañana de invierno. Un abrigo raído, guantes de medio dedo, gorro y bufanda…  Y, sobre sus hombros, acurrucado alrededor de su cuello, un gato, que seguía la colocación de la línea de la bufanda. Éstas eran sus únicas pertenencias.
Se encontraba tan descuidado que el único color que se alcanzaba a ver, entre tanta suciedad, era el azul puro de sus ojos. No habría podido calcularle la edad, pero parecía un hombre joven.
Su hogar, la calle y su dormitorio un chamizo hecho de cartones y periódicos entre los árboles del parque.
Podría ser el dibujo de cualquiera de los “sin techo” que abundan en una gran ciudad, pero había algo que hacía especial a este hombre. Quizás fuera su andar sigiloso y temeroso o quizás, sus ojos. Unos ojos azules impresionantes que transmitían, a la vez, tristeza y amor.  Tristeza, cuando fugazmente te los cruzabas en una mirada furtiva y tanto amor, al dirigirlos a su gato… Un amor que te contagiaba. Era imposible no prestar atención a esa manifestación tan grande de ternura.
Cada día acudía a una vieja oficina de Correos para preguntar por algún envío, que debía recibir a su nombre pero que, nunca llegaba. Se hacía entender por señas y algunas palabras en inglés.
No se sentaba a mendigar, al menos, nunca le vi haciéndolo. Lo que sí observé era cómo rebuscaba, entre la basura, algún mendrugo de pan y otros restos de comida que, cuidadosamente limpiaba y compartía con su compañero de fatigas. He de decir que,  gato y amo,  también compartían el color azul de sus miradas. Los vecinos y comerciantes se acercaban a la pareja, para ofrecerles comida y bebida. El hombre negaba con la cabeza y agradecía el gesto, con la mirada. Ya digo, que no se trataba de un mendigo “al uso”. Había algo que le hacía especial.
¡Qué tormenta estaría inundando la cabeza de este hombre! ¡Qué historia escondería su triste deambular en silencio, por las calles!.
Un buen día igual que llegó, desapareció. Pregunté en el barrio por el mendigo del gato y nadie supo explicar; simplemente ya no estaba. Me atreví, incluso, a entrar en la vieja oficina de Correos pero, tampoco allí supieron dar razón de él.
Fue el domingo cuando me dirigía a comprar el periódico, en el kiosco que hay frente al parque, cuando me enteré de lo que había sucedido. Lo estaban comentando dos señoras con Antonio, el kiosquero. Allí, en el parque, un grupo de jóvenes le habían “dado una paliza”… 
Chicos violentos, probablemente del barrio,  que buscaban un poco de “diversión” en el fin de semana y ¿quién mejor para ofrecérsela que aquel hombre, que no les iba a oponer ningún tipo de resistencia? Un hombre y un pequeño gato… ¡Qué cruel puede llegar a ser el Hombre!.
Permaneció varias semanas ingresado en el hospital debido a las lesiones sufridas… por pura diversión. Y un buen día volvió. Al principio, no le reconocí. No llevaba a su amigo sobre los hombros. Tampoco lucía ahora, ropas tan desgastadas… Estaba aseado y, he de decir, que era un hombre tremendamente atractivo… Fueron sus ojos; esos tremendos ojos azules, sin vida, inundados en la más profunda de las tristezas, los que me hicieron “caer en la cuenta”. Salía de la vieja oficina de Correos.
Su envío llegó, por fin.
Pudo encontrar el camino y volver a su casa…
Su nombre era Andëas Lund. Años atrás, abandonó casa, padres y amigos y una elevada posición social y económica en su Alemania natal, persiguiendo un espejismo… Un sueño que se difuminó, en muy poco tiempo. Se desorientó,  emocional y espacialmente, y comenzó a vagar por el mundo sin haber marcado el rumbo en su brújula… Vagando a la deriva, sin destino.
PD: … una reflexión sobre cómo estamos educando a nuestros hijos.
      … sobre el valor del respeto hacia los demás…



*  *  * 
Este relato también lo podréis leer entre otros muchos gracias al talento y el increíble ingenio de Towanda de Mi Modo de ver la Vida, a quien también aprovecho para saludar y agradecer tantos consejos y sabias palabras. 
Muchas gracias!
Feliz miércoles!!!!
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12 comentarios en “El mendigo de los ojos azules

  1. Buen relato de Towanda.
    Está muy bien y nos deja pensando en qué hay detrás de cada mendigo, de cada vida rota……¿por qué se rompió? o ¿quién la rompió? ¿las rompió la sociedad? o ¿las rompieron ellos mismos buscando quimeras?
    Etc..

    Un abrazo.

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  2. Hola David.

    ¿Y si te digo que conocí al mendigo cómo te quedarías?
    Pues sí, le conocí. Hay parte de ficción pero el centro de la historia es real. Estremecen este tipo de cosas y creo que debemos denunciarlas, como si fuera un cuento o de la manera que sea…

    Eres grande y sé que tu sensibilidad está muy cercana a la mía. Queda aún mucho camino por recorrer pero -y soy optimista- creo que, si estas historias son capaces de remover conciencias, hay esperanza.

    Un beso muy grande y encantada de acercarme a un sitio tan acogedor como el tuyo.

    Besos, bonito.

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  3. Pues si, deberíamos valorar eso, en que dejar hacer no significa que el día de mañana vas a ser mejor padre, los límites hacen a un buen padre, la educación, hace a un buen padre, y el respeto, hace a un buen hijo.

    Un besazo, me encantó el relato.

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  4. Towanda! Me has dejado loco!!! aunque tenga parte de ficción y parte real, no deja de ser una historia sobrecogedora, triste y alegre a la vez….

    Un beso muy grande para una de las grandes de mi blog!!!

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